Los Zafiros



1962. Mientras en el mundo se gesta, la llamada crisis de los misiles que determinaría el bloqueo comercial a Cuba por parte de los EEUU, en el barrio habanero de Cayo Hueso, más concretamente en la calle Valle 102 esquina a San Francisco de Centro Habana, domicilio del compositor y músico Néstor Mili Bustillo,  comienza a cobrar formar el que sería uno de los más destacados cuarteto vocales dados en Cuba: Los Zafiros. Allí se gestó. Allí cobró forma. Y desde allí saldría para conquistar el oído musical de los cubanos en los 60. Le esperaban diez años de vida, en que el alabado cuarteto logró crear un estilo propio, inconfundible y de marcado acento cubano, a partir de los grupos vocales doo-woop norteamericanos.





Eran tiempos de descargas de jazz y del filin’ intimista y noctámbulo, en una Cuba que comenzaba a ser avasallada en exceso por el verde olivo. Néstor Milí Bustillos, magnífico guitarrista y compositor que inició su carrera en 1930 en el Septeto Los Jóvenes del Cayo, llevaba tiempo dándole vueltas a la cabeza a la idea de formar un cuarteto vocal, con el único sustento instrumental de una guitarra. La ocasión le fue propicia para ello cuando en su casa de Centro Habana se le aparecieron dos jóvenes cantantes, Leoncio Morúa (Kike) y Miguel Cancio (Miguelito) que albergaban el mismo deseo. Venían recomendados por la  `Niñona’, una pianista repertorista que vivía en la misma cuadra, en Valle 111, donde Kike y Miguelito plantaban sus primeras pinitos. La comunión entre el músico y los jóvenes cantantes fue rápida. Con ellos daría los primeros pasos, a faltan de encontrar las otras dos voces para completar el deseado cuarteto que todos tienen en mente.



La aparición de los otros dos miembros ocurrió poco tiempo después. Néstor Milí, asiduo a la barbería que regentaba su amigo Armando Dulfo en la calle Oquendo, se encontró allí  a un joven que rasgaba una guitarra. El joven empezó a cantar `Mi oración’, de The Platters. Era Ignacio Elejalde. Néstor Milí lo vió claro. Ya tenía otra voz, y allí mismo, le conminó a sumarse al proyecto que estaba poniendo en marcha. Lo citó al día siguiente en su casa. Ignacio Elejalde llegaría acompañado por otro joven, Eduardo Elio Hernández  `El Chino’, quien a la postre se convertiría en la cuarta voz del grupo.

Desde los primeros ensayos, se intuía que aquello llegaría a buen puerto. Unos y otros recuerdan que parecía que los cuatro jóvenes muchachos hubieran cantado siempre juntos. Horas y horas de intenso trabajo, de día y de noche, con Néstor Milí al frente de las composiciones, los arreglos musicales, la armonización de las voces, harían el resto. El grupo, que deslumbraría a Cuba en los sesenta ya estaba en marcha.
Tras ganarse el favor del público en distintas presentaciones por los locales nocturnos de la Habana y Varadero, pronto darían el salto a la televisión. El programa elegido sería `Juntos a las nueve’ que dirigía Manolo Rifat. El cuarteto, por entonces bajo el nombre `Los Zafiros de Milí ’, con las  voces de Cancio, Morúa, El Chino y Elejalde, estaba acompañado a la guitarra por Oscar Aguirre y siempre  bajo la dirección musical del propio Milí. Aguirre abandonaría en 1963 la agrupación, dicen que por la negativa de permitirle su participación como cantante. Le sustituiría el guitarrista Manuel Galbán, una pieza que resultaría a posteriori fundamente en su desarrollo.

Su paso por televisión multiplica la popularidad del grupo y pronto graban su primer disco, en la nacionalizada Panart, bajo la dirección musical de Néstor Milí. Los temas elegidos serían `La Caminadora’ y `Oración’. Pronto, la aceptación y el éxito que tendrían entre los jóvenes cubanos, los convertiría en todo un fenómeno musical y a quienes llegarían a considerarlos Los Beatles de Cuba. Tal fue así, que en el año 1965 son incluidos en la constelación de estrellas que integraron el espectáculo llamado “Music Hall de Cuba”, en las aparecían la orquesta Aragón, Elena Burke y Celeste Mendoza, entre otras figuras de renombre. Con ellos viajarían en una gira de cuatro meses, por distintos países de la Europa del Este y Francia. Su presentación en el mítico teatro Olimpia de París, dicen,  fue reconocida con una ovación de once minutos con el público asistente puesto en pie.

Pero no todo fue un camino de rosas. Una fama que no supieron gestionar y el carácter autodestructivo de sus miembros, marcado por las continúas peleas y un excesivo consumo de alcohol, sentarían las bases de su caída. Razones éstas que incluso hicieron entre 1963 y 1964 a Néstor Milí  pensar abandonar su trabajo con la agrupación. De hecho, por aquellos iniciaría otros proyectos musicales  al margen del grupo (‘Los Lanceros’, ‘Milí y sus Ebanos’ y ‘El Conjunto de Milí’) hasta que un infarto al corazón acaba con su vida en octubre de 1967. Su muerte provoca que Manuel Galbán asuma la dirección musical de la agrupación. Pero éste, en 1970 comienza a tomar distancia con el grupo, hasta que en 1972 decide definitivamente abandonarlo. Sería su punto y final.


Un año después, en 1973 Galbán, el único que sobrevive profesionalmente al fenómeno de Los Zafiros, fundaría el grupo Batey. El resto de los integrantes correrían peor suerte. Dos de sus miembros murieron muy jóvenes. Ignacio Elejalde murió en 1981 de una hemorragia cerebral, con apenas 41 años y `Kike’ lo haría dos años después, en 1983, afectado de una cirrosis hepática. Por su parte, `El Chino’,  con problemas de visión, de habla y alcoholismo vivió solo en Cayo Hueso hasta el día de su muerte el 8 de agosto de 1995, a los 56 años de edad.  Previamente, se incorporó  como cantante al proyecto ‘Los nuevos Zafiros’, en un intento de refundar la agrupación con otros miembros. Manolo Galbán sentenciaría años después:  “Los Zafiros habían nacido para cantar pero no sabían vivir”.

A pesar de todo ello, su herencia musical consta  de una lista de maravillosas canciones, firmadas por grandísimos compositores, como Frank Domínguez (Verdadera Navidad), Tania Castellanos (Canción de mi Habana), el judío cubano Luís Chaniveky (La luna en tu mirada, Bossa Cubana), Guillermo Castillo y Pacheco ( Un nombre de mujer Ofelia), Rolando Vergara (Rumba, como quiera), Oscar Aguirre ( Sí, corazón, Por no comprenderte) Miguel Cancio (Mi amor, perdóname) o  del propio Néstor Milí  (La caminadora y Mírame fijo ). A ella se le unieron también maravillosas versiones de temas internacionales, como Canción del Orfeo de Luis Bonfia o Mi Oración de G.Boulanger y J. Kennedy.

Cuatro décadas después de la formación del grupo, el nombre de Los Zafiros volvió a escena con el exitoso lanzamiento en 1998 de “Bossa Cubana”, editado por World Circuit Record (Buena Vista Social Club), que contaría con la colaboración de Manuel Galbán, fallecido este año, y Miguel Cancio, el único que hoy día sobrevive.